Roberto Bolaño, el último perro romántico (I), por jotdown.es

Por poner las cartas sobre la mesa desde el principio: Roberto Bolaño hubiera ganado el Nobel de Literatura de no haber sido por su temprana muerte en la cumbre de su talento literario. Podría tatuarme sus frases más lapidarias en el cuerpo, como Guy Pearce en Memento. Una de ellas, sacada de su magistral conferencia Literatura + enfermedad = enfermedad me define con la suficiente precisión como para que la use en todas partes: “Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz”.

Así que si algo no será este artículo en dos partes (que se prevé largo e intenso al estilo Jot Down, ¡abróchense los cinturones!) es imparcial.

Tras este aviso para navegantes podría empezar el reportaje con un zoom a los orígenes de Bolaño y su infancia feliz en Los Ángeles (no los de California sino los de Bíobio, en Chile) y repasar el improbable camino que le llevó de poeta marginal en México a superviviente arruinado en Barcelona y narrador samurai en Blanes, pero prefiero un trayecto más propio de los detectives literarios que pueblan sus páginas: ir descubriendo a Bolaño a través de lo que deja ver de sí mismo en sus magníficas novelas, más o menos en el orden en que fueron cayendo en mis garras.

2666: en la sala de lecturas del infierno

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